El entrenamiento terminó, parada con el bolso bajo el brazo una se detiene un momento y se queda mirando la cancha, el sintético, las hojas, las piedritas, el lugar donde jugamos. Ese césped y esa arena donde alguna vez nos caímos y nos raspamos las rodillas, las caderas, los codos, las manos... Ese césped y esa arena que nos queda adentro del botín y nos molestaba durante el partido... La arena que hizo que ensuciemos toda la casa y escuchar a mamá decir, sacate los botines y las medias afuera y vas directo a la ducha...
Sintetico, arena, 10 personas con vos, 11 del otro lado, una bocha y un silbatazo largo y seco... Esta es mi vida... que saben ellos?
COMO VAS A SABER LO QUE ES LA VIDA SI NUNCA, JAMAS, JUGASTE AL HOCKEY?
Las gotas caen suicidas desde lo más alto del cielo, como si quisieran rendir homenaje a que no te encuentro por ningun lado. Las gotas resbalan, escurridizas, por las hojas de un viejo ficus, que no hace más que dejarlas ir, sin motivo. Caen, golpean y mueren. Por la vereda de una silenciosa calle las pisan, las secan, las esquivan. Sólo las ilumina la luz tenue de un farol callejero, la única ilusión, la única esperanza. Un destello de felicidad. Y allí quedarán, hasta que alguien se acuerde de ellas, tal vez el sol naciente de una nueva mañana que las convierta nuevamente a su estado gaseoso. Y nuevamente la calle quede desierta, y sin vida.
Hace veinte años vivías atrapado en el gris, otro tiempo, otro color, y te esperaban impacientes en casa, te habían cogido y nadie sabía si vendrías hoy.
¿Qué le habrán hecho mis manos? ¿Qué le habrán hecho para dejarme en el pecho tanto dolor? Dolor de vieja arboleda, canción de esquina con un pedazo de vida, naranjo en flor.
Un rumor de alas y tormenta inunda toda la avenida. En los muros leí los gritos que nos dan la bienvenida.
Prende la luz, tapa la calle ya, que andan reunidos los coyotes y aquí en el sur el alba traerá una lluvia sin fin al final de la noche.
Puede que todo siga igual. También puede que no sea así y encuentres el mercurio de mi voz empapando tu contestador, y florezcan los olivos en el valle de Hebrón. Puede que te queme el hielo, o la luz del televisor.
Quizá sea la noche, abriéndose como una terrible flor. Quizá sea el maldito telediario o una mujer sin su voz a la que acorrala el miedo. O el silencio atronador, un febril planeta entre fuegos y tormentas, un niño cortando palma en una oscura selva, la cola del paro, el fin de mes, tu ausencia, todo lo que no haré.